LA MANTA
atardecía y los primeros fríos otoñales
se colaban por las sabanas. Olía a Humedad. Pensaba:
¡Así es imposible dormir!
Y como si me hubieran leído el pensamiento, la
puerta de mi cuarto se abrió y mi madre entro lentamente,
como si temiera despertarme. En su mano traía la
manta. La Manta de la Abuela. De lana vieja y duradera.
la que me ponía en la cama cada comienzo de otoño,
desde que nací.
Me hice la dormida y en unos instantes sentí su
calor, su peso y su olor. Su abrazo la transformo, nos
transformo, en una unidad de leña y brasas. No
me había dado tiempo a abrir los ojos y agradecerle
a mi madre su preocupación cuando enseguida se
cerro la puerta. Comencé a sentirme soñolienta.
!UF¡, esto es mas de lo que había deseado!
No era solo calor, eran recuerdo, sueños y un sin
fin de sentimientos.
mi manta huele a varicela, a sarampión y a muchas
gripes, pues mi abuela además de la aspirina nos
la colocaba encima como si de una cataplasma se tratara.
Mi manta sabe a lis de campo, a excursiones a la montaña
y a interminables lecturas en el salón o la terraza.
Mi manta es de muchos colores, pues esta hecha de retales,
de esos que se van a tirar y se dejan por si acaso. Y
por dentro, tiene historia, la lana de los corderos de
mi bisabuelo. ¡Menuda herencia !.
Mi manta es mucho mas que una manta, su valor es incalculable
y creo que... -¡que sueño! - la dejare en
herencia a mis hijos y , ¿por que no ?, a mis bisnietos...